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Emboscada Nocturna

Selene aún no había asomado entre los picos de Riscocima, la espesura del bosque estaba sumida un manto de oscuridad impenetrable. Un viento suave susurraba entre las ramas de los árboles cubiertos de humedad, arrastrando consigo un quejido lastimero.

Solo un ojo bien adiestrado podría haber distinguido, entre tanta negrura, a la oscura silueta que se movía, furtiva y acechante, entres las sombras.

La forestal, sigilosa como un fantasma, aminoró el paso y se cubrió tras el tronco de un roble durante unos segundos. Afinó sus sentidos, un silencio sepulcral lo inundaba todo evidenciando problemas. Antes de ni  siquiera mirar lo que había sucedido en el paso, el hedor de la muerte se colaba entre sus fosas nasales…

De un vistazo rápido estudió el funesto escenario. Los cadáveres de dos caballos asaetados yacían inertes en el barro, sus jinetes, habiendo corrido la misma suerte, se encontraban a escasos pies de sus monturas.

Sin lugar a dudas, esos pobres desgraciados se habían cruzado con una partida de trasgos, así los identificaban sus rudas flechas empenachadas en negro. Esos bellacos solían aprovechar la noche para emboscar a grupos pequeños.

Hoja pretendía darse media vuelta cuando volvió a escuchar el lamento proveniente de uno de los cuerpos. Maldiciendo su suerte, abandonó la protección de la floresta para adentrarse con sumo cuidado en el camino embarrado.

Cuando llegó al cuerpo no le hizo falta distinguir los colores del blasón que estaba estampado en el tabardo de la humana, la Torre de Vigía de Namdorath era bien conocida en toda la provincia. Era evidente que se trataba de un miembro de la Guardia Zarca.

La mujer, pese a lo malherida que se encontraba, se mantenía consciente. Un sudor le empapaba el rostro y su mirada, perdida y temblorosa, evidenciaba lo cerca que estaba de perecer. Hoja inspeccionó las heridas sin llegar a tocar a la humana. El asta de una flecha rota asomaba encima del pecho izquierdo,  seguramente rompiéndole alguna costilla. Otra flecha le había atravesado el muslo derecho. Esa mujer había caído luchando.

La elfa se acercó al rostro de la mujer y le susurró – Tranquila, hoy no vas a morir.- La humana se sobresaltó al escuchar la voz de Hoja como si de repente hubiese visto un fantasma. Intentó fijar la mirada en la elfa mientras trataba de articular unas palabras. La forestal comenzó a buscar en su cinto un vial alargado cuando escuchó el crujir de una rama rota.

Desde la copa de un árbol cercano una figura enjuta saltó sobre la elfa, esta pudo apartarse justo a tiempo rodando por el suelo. Rápidamente intento incorporase para hacer frente a la amenaza, pero el barro le hizo una mala jugada e hizo que un pie le resbalase, cayendo de bruces al suelo.

El trasgo emitió una carcajada cruel y alzó su oxidada espada para acabar con la elfa, pero cuando iba a esgrimir su golpe mortal se vio desequilibrado por culpa de la humana que, con sus últimas fuerzas, le atenazaba la pierna.

Furioso, el trasgo golpeó con sadismo la cara de la guardia hasta que la mujer perdió el conocimiento y lo soltó. Durante unos segundos se olvidó de Hoja, y cuando se giró para confrontarla, la cazadora, ya recuperada, con un movimiento certero de su espada le cercenó la cabeza.

Mientras el cuerpo sin vida del trasgo se desplomaba, la elfa vio entre la maleza el reflejo de los ojos crueles de varios trasgos. Corrió a parapetrarse tras el cuerpo de uno de los caballos muertos. Durante el sprint, dejó caer su espada y, con un movimiento mil veces practicado, sacó su arco al tiempo que preparaba una flecha.

Su destreza élfica con el arco no tenía parangón entre sus enemigos, y con una puntería soberbia derribó a uno de los trasgos atravesándole un ojo limpiamente. Varios más salieron de su escondite para confrontarse cuerpo a cuerpo con la elfa, pero esta reculó de manera táctica para poner distancia con sus enemigos. Antes de que llegasen a ella ya habían caído.

La forestal se preparó para acabar con el último trasgo cuando, a su espalda, un adversario más peligroso apareció. El enorme orco se lanzó a la carga contra la elfa y esta le disparó la flecha que tenía preparada. Su enemigo desvió el proyectil con el escudo al tiempo que la intentaba golpear con una afilada hacha de hierro forjado.

Hoja esquivó el golpe pivotando ágilmente sobre sí misma, sin embargo, su enemigo supo sacar ventaja de este movimiento y enredó el hacha con el carcaj que colgaba de su hombro. Con un movimiento rápido, lo arrancó dejándola sin munición.

El zumbido de una cuerda de arco tensándose alertó a la elfa y en el último segundo pegó un brinco alejándose del orco y esquivando el mortal proyectil. La flecha que la tenía como objetivo se clavó en un tronco cercano.

El orco golpeó el escudo para intentar amedrentar a Hoja mientras cargaba de nuevo contra la mujer. La elfa desenvainó su daga y también cargó contra su enemigo. El hacha del orco esgrimió un arco horizontal, lo que obligó a Hoja a tirarse al suelo de nuevo. La mujer aprovechó el resbaladizo suelo para patinar sobre sus rodillas hasta posicionarse detrás de su enemigo, entonces corrió para ganar distancia con él mientras las flechas del trasgo silbaban a su lado. Detrás de ella escuchó al rabioso orco que comenzaba a perseguirla.

La forestal se adentró en el bosque siguiendo la estela de una de las flechas disparadas por el trasgo. Esta se había clavado en el suelo tras unos helechos. La recogió justo a tiempo cuando el orco de tez grisácea se abalanzó de nuevo sobre ella. Esta vez no se movió, tensó su arco y apuntó lentamente mientras la mole se acercaba gritando. Cuando el orco volvió a intentar golpearla con el hacha, Hoja giró alrededor del orco, intercambiando posiciones. Como parte de esta danza la elfa le hizo la zancadilla a su enemigo, el cual, al desequilibrarse, cayó de bruces al suelo. El disparo a quemarropa era imposible de errar, la flecha atravesó el cráneo del orco, acabando con su vida en un pestañeo.

Cuando Hoja volvió al camino, el sonido de la noche había regresado, evidenciando que las amenazas habían desaparecido.

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