Saltar al contenido

La huida

No había recorrido ni cincuenta pies cuando una piedra demasiado bien apuntada le golpeó en la rodilla. El dolor se transmitió como un relámpago a través de su pierna izquierda dejándole la extremidad complemente dormida. No pudo evitar el traspié precipitándose por el terraplén rocoso.

Puede que fuera las vueltas de campanas y los golpes por todo su cuerpo se sucedían mientras caía colina abajo o puede que fuera la súbita sensación de ingravidez que sintió mientras se desplomaba por precipicio, el caso es que por primera vez en mucho rato tuvo un momento para centrarse en sí mismo, llegando a la conclusión de que no recordaba cómo había llegado a ese punto.

El coloquio interno consigo mismo duró lo que dura cuatro parpadeos y el choque de su cabeza contra el suelo fue tan duro que la vista se le nubló. Si perdió la consciencia a causa del traumatismo no pudo discernirlo, tampoco es que tuviera mucho tiempo para conjeturas, no muy lejos escuchaba a la turba enfurecida que, por motivo desconocido le perseguía.

Con un movimiento rápido fruto de la práctica, se intentó levantar de un brinco. Nada más ponerse en pie volvió a desequilibrarse, ya que un dolor punzante se le clavó en el pecho. Reconocía el dolor, creyó recordar que en pasado se resbaló intentando escalar un balcón y sintió el mismo dolor al golpearse con una barandilla de piedra. El recuerdo era confuso y pensar en ello le provocaba un dolor de cabeza tan fuerte que eclipsaba el dolor que sentía por todo el cuerpo.

Los gritos se acercaban, trastabilló varios pasos hasta que pudo hasta que pudo mantenerse más o menos en pie y entonces continuó con huido con paso renqueante dirigiéndose a una pequeña edificación de piedra que resultaba familiar.

Cuando llegó al molino, con una seguridad propia de quien conoce el lugar, se deslizó en su interior y se agazapó detrás de una carreta que, con toda certeza, sabía que allí se encontraba. Mientras afinaba el oído para comprobar si se había zafado de sus perseguidos notó el ferroso sabor de la sangre en su boca. Con sumo cuidado se palpó el cuerpo, gruñendo de dolor cuando tocaba alguna parte adolorida.

-¿Pekka?- escuchó como alguien le llamaba a sus espaldas. Cuando se giró vio a una niña, no debía tener más de ocho o diez años. Si rostro harapiento y zarrapastroso evidencia que debía de ser alguna ladronzuela de aquellas que te roban la bolsa en el mercado. Su rostro escondía, debajo de tanta suciedad una astucia nacida de la necesidad sabía reconocer a un igual.

La cara de la niña denota sorpresa que cambió rápidamente en terror cuando intentó alzar una mano para intentar demostrar que no le quería hacer daño. El chillido que hizo provocó que de nuevo la cabeza le diera vueltas. Mientras volvía a salir del molino escuchaba voces graves que alertaban de su presencia.

Cuando asomó por el arco de la puerta doble una piedra chocó, a un palmo de su cara, contra el muro lleno de hiedra. Cuando se giró para ver la fuente de su amenaza, un hombre adulto, vestido de campesino le señaló con el dedo y grito:- ¡Ahí está! – Mientras giraba la esquina del edificio escuchó como alguien contestaba al hombre increpando a los demás – ¡Mátenlo!-

En el intento de huir se fijó que estaba corriendo por una pasarela de madera, y en frente suyo se veía el curso de un río a través de la maleza. Cuando cruzó el límite del edificio solo le dio tiempo a ver como un garrote esgrimía un arco horizontal hasta impactarle brutalmente en el pecho. El golpe le dejó sin aire y lo derribó sin remedio. Esta vez sí que creyó haber perdido el conocimiento y no fue hasta recibir otro golpe en la espalda que no volvió en sí. Mientras se arrastraba para huir de su agresor escuchó como este se reía entre carcajadas.

-¿Vaya Pekka, en que monstruo tan raro te has convertido?- espetó entre risas el enorme muchacho mientras se acercaba amenazante hacia él. No muy lejos se escuchaba a la muchedumbre acercándose entre gritos. Con mucho esfuerzo consiguió darse la vuelta y gatear de espaldas. Si había llegado su fin al menos moriría sonriéndole a la muerte.

Una fina capa de sangre le cubría la cara mermando su sentido de la vista. Esto no le impidió reconocer a Trucco. El ladronzuelo de tres al cuarto que una vez fue su mano derecha y de quien siempre supo que sentía gran envidia hacía él. Se notaba que estaba disfrutando del momento, vaya, lo estaba gozando. Mientas se acercaba a él zarandeaba el palo mientras miraba su punta, sin duda imaginándose que arremetía contra su cabeza.

Pese a que intentaba huir de su matarife, era evidente que este le daría alcance. Si quería salir de esta tenía que pensar alguna cosa. Los tablones de madera por los que estaba reptando se habían acabado y ahora se encontraba arrastrando su trasero por la ribera húmeda del río.

Cuando finalmente se quedó sin camino para seguir huyendo se detuvo para dedicarle una sonrisa provocadora al que pretendía ser su verdugo. Trucco le respondió con otra sonrisa cruel y se dispuso a golpearle, en ese momento, agarró un puñado de tierra y se la tiró directamente a la cara. Trucco cegado se abalanzó sobre él y con la fuerza que puedo reunir lo lanzó cayendo de espaldas al río.

Puesto que una muchedumbre se lanzaba hacia él, finalmente optó por tirarse también al río y que los dioses decidieran sobre su destino.

En cuanto cayó al agua, la corriente del río le empezó a tirar corriente abajo. El cabal era fuerte y pugnó por mantenerse a flote todo lo que pudo, sin embargo, sus heridas y sus energías le hicieron flaquear pronto y poco a poco se fue hundiendo en las oscuras y silenciosas aguas del río Sereno.

Más relatos: